Ya llega septiembre, sin prisa y sin verano, a llevarse los helados y las risas, a poner las manillas del reloj sobre las nuestras.
Llega como llega la cuesta de enero, como llegan en noviembre los abrigos, las bufandas y los sombreros.
Sin que nadie se dé cuenta, de repente... aparece, torpe e inabarcable, como el timbre de la vuelta a clase en el recreo.
Viene embutido en su traje gris, al acecho como un nublo tormentoso, con el afán de plegar los cines de terraza, de pregonar el fin de feria, de recoger los besos vacíos como vasos de bar, de izar banderas rojas en la playa.